Un Tren Sobre la Mar

El tiempo está de nuestro lado.

(Ir)Realidades

Charles. Se llamaba Charles y punto. No soportaba que le llamaran Carlos, Charlie, Carlitos ni cualquier otra memez parecida.

– Eh, Charlito, estás ahí? Te estoy preguntando si me lo has traído.

Otra vez habría ido más lejos, pero esta se limitó a dibujar una mueca de desagrado. “Todo sea por el bien del experimento”, pensó.

– Bien, sí, aquí lo tienes. Es un anfetamínico, utiliza el mismo principio activo que los medicamentos que se les dan a hiperactivos y gente con problemas de concentración.

– A ver, chaval, en cristiano.

Charles le mira, incrédulo.

– Creo que lo he explicado bastante claro.

– A ver, chaval, esto es cómo el Rubifen o no?

– Es mucho mejor que el Rubifen.

– ¿Pero me va a ayudar a concentrarme o no me va a ayudar a concentrarme?

– Mira, me han dado la beca del estado y soy, con diferencia, el estudiante de Química con mejores notas de mi promoción. Te lo digo, esto es mano de santo, tú tomate una antes de estudiar y luego hinca los codos. Ya lo verás, apruebas seguro.

El hombre lo mira, y, al instante, Charles sabe que lo ha convencido. Realizan la transacción rápidamente, sin mediar ninguna palabra más. Mientras Charles se aleja, mira hacia atrás de reojo, aguantándose. Cuando dobla la esquina, estalla en carcajadas. Ríe y se seca las lágrimas de los ojos. Aquello era demasiado interesante y demasiado divertido; sí, definitivamente tenía que hacer más pastillas de harina. Y venderlas, claro.

(…)

Charles está apoyado sobre el manillar de su destartalada motocicleta, la noche otoñal ya ha caído cerrada y se ven algunas estrellas. La espera pacientemente fuera de su casa. Siempre le hace esperar, pero nunca demasiado, lo cual es de agradecer. Inspira y expira profundamente, llenando sus pulmones del frescor de la noche. Mira su reloj, ya han pasado algo más de cinco minutos. Agudiza sus sentidos y oye unos tacones bajar por las escaleras de la casa. Enciende la luz de su moto y poco después ve su pelo corto, sus largas piernas y sus ojos negros salir por la puerta. Se acerca a ella, se pone en el papel y se dirige a ella como si fuera una desconocida.

– Disculpe señorita, conoce algún bar de alterne por aquí cerca?

– Qué tonto eres – dice ella sonriendo, mientras acaricia el pelo de Charles y planta un suave beso en su mejilla.

(…)

Es una chica guapa, de estatura media, piel blanca, caderas anchas y piernas suntuosas. En realidad no se llama así, pero Charles siempre la llama Mona, porque según él se parecía mucho a la coprotagonista de una novela negra de idéntico nombre. Ya llevaban juntos bastante tiempo, casi desde que se conocieron. Mona conocía bien a Charles y Charles se sentía bien al lado de Mona. Charles y Mona se habían peleado en numerosas ocasiones, todas ellas debido a la inestabilidad de Charles, pero siempre habían logrado solucionarlo de una manera u otra. Algunos decían que era sólo cuestión de tiempo que llegara la gran pelea que les separaría para siempre, pero ni Mona ni Charles habían considerado esa idea como plausible, ni por un sólo segundo.

(…)

Aunque siempre iban en moto, Charles solía dejarla más lejos de lo habitual del bar, restaurante, cafetería o sitio al que iban, siguiendo instrucciones concisas de Mona. Ver a una chica guapa de buena familia pasear feliz y encantada mientras cogía la mano de un inadaptado social como Charles era un espectáculo digno de ser visto, algo que siempre desconcertaba a la gente de su pequeña ciudad. Y eso a Mona le encantaba.

(…)

Brrrummm, brrummmm, brrummmm; el ruido de la moto resuena en las calles. Cerca de la puerta Charles frena, Mona se baja de la moto y ambos se quitan el casco. Mona le mira con dulzura.

– Sabes Charles, me lo he pasado muy bien.

– Como siempre, ¿no?

– Sí, y eso que hablas poquito.

– Y tú hablas mucho, Mona, así que se compensa.

Ella se ríe, baja de la moto, le besa y se despide. Charles se queda apoyado en el manillar de la motocicleta, esperando. Agudiza sus sentidos y oye los tacones de Mona subiendo por las escaleras.

(…)

Charles Pérez Leighton. Su nombre no inspiraba mucha solemnidad que digamos, mas bien parecía bastante cómico. Pero como tantas otras veces las apariencias engañaban, y tras esas tres palabras se escondía un individuo muy especial. Charles debía su segundo apellido a su madre, que nació en la India y era más blanca que la leche (hija de colonos ingleses). La madre de Charles era pintora y su padre, abogado. Charles era un chico delgado, de cara redonda, nariz pequeña y pelo castaño. Charles era hijo único, y ya de buen principio dejó bien claro que no era un caso fácil: aprendía muy rápido, aprendió antes de la cuenta a gatear, a caminar, a hablar y a escribir, pero tenía episodios extraños: a veces lloraba y lloraba sin remedio y sin motivo aparente, otras se pasaba horas y horas jugando con el mismo juguete, repitiendo el mismo movimiento una y otra vez, algunos días parecía no responder a estímulos externos, se queda con la mirada fija en el infinito y no contestaba a nadie … Estos y otros tantos comportamientos hicieron sospechar a sus padres. Le llevaron a múltiples psicólogos, psiquiatras, pediatras y neurólogos, se barajaron muchas posibilidades (autismo, síndrome de Asperger, TOC, fobia social…), pero ninguno supo darles una respuesta definitiva. Nadie sabía a ciencia cierta qué le pasaba a Charles, pero todos estaban de acuerdo en que su cerebro no funcionaba de la misma manera que el de la mayoría de los seres humanos.

(…)

Charles llega a casa algo cansado. Sin embargo, no va directo a la cama, sino que se quita la chaqueta, los zapatos, se acomoda sobre su sillón de leer y, antes de perderse entre sus sueños, lee una vez más su texto favorito, La Alegoría de la Caverna de Platón.

(…)

Está sentado sobre la mesa de la cocina. Tiene los cereales y el vaso de leche delante, está inmóvil, con la mirada perdida en el infinito. Su madre lo ve, se acerca y posa su mano sobre el hombro de Charles.

– Charles, qué te pasa? Estás bien?

– Déjame. Da igual. No es real.

(…)

El manillar de su motocicleta, una ficción; el viento sobre su cara, una ilusión. Nada de lo que ve, nada de lo que toca ni nada de lo que siente es real. Un rincón oscuro de su cabeza es el único cobijo, mientras la realidad se destroza en mil pedazos delante suyo.

(…)

– Lo que sientes, lo que me dices que sientes, no es verdadero, no es real.

– Charles, no hables, así.

– No hablaré más, no tengo ganas de hablar.

– Mírame Charles.

– No. No quiero mirar a nadie.

– Charles, mírame. ¿Te acuerdas lo que dijo el psicólogo? Estos episodios ocurren a veces, debes centrarte en otras actividades, no pensar demasiado, no dejar que esas ideas se adueñen de tu cabeza. Tienes que moverte, ir a algún sitio, entretenerte… Charles, no dejes que esto te domine.

– No. No. Da igual, qué más da, no importa. No…

– Ven, vamos a dar un paseo, cógeme de la mano, vayamos a tomar algo.

– No, no quiero, quiero estar sólo.

– Charles, mírame. Te quiero.

– No, no es real, no es nada… sólo una sombra, una sombra en la pared.

Charles se aleja, Mona se tapa las manos con la cara. Solloza y llora, desesperada.

(…)

Una semana después de la charla con Mona (la última que ha tenido con ella), tres hombres jóvenes le rodean mientras pasea por una calle cercana a la universidad.

– Eh, tú, idiota, vaya mierda me vendiste. ¿De verdad te pensabas que me lo iba a creer? ¡Imbécil!

Charles apenas puede reaccionar antes de que le caiga el primer puñetazo. El primero de muchos.

(…)

Se despierta tras estar un minuto inconsciente. Cree que tiene magulladuras, heridas y moratones, le duele mucho una costilla, y, en general, cada centímetro de su cuerpo. Intenta levantarse pero no puede, le duele demasiado la costilla. Tirado en la calle, en una esquina, dolorido y apalizado, piensa en las personas que quiere, piensa que ojalá estuvieran a su lado. Y es entonces cuando se da cuenta de lo único que es real, de lo único que importa.

(…)

– Mona, por fin te encuentro, tenía que hablar contigo.

– Charles, yo también quería hablar contigo.

– Mira Mona, tienes que escucharme…

– No, Charles, escúchame tú a mi. Yo siempre escucho tus paranoias. Y te quiero, me gusta estar contigo, pero estos episodios que tienes… no sé cómo sobrellevarlos, no sé cómo actuar. Te quiero Charles, pero es muy difícil.

– Mona, lo sé, sé que es difícil. Pero yo te quiero, te quiero de verdad, y sé que es real, ahora sé que es más real que nada que haya tocado o nada que haya visto nunca.

Mona menea la cabeza y ríe, incrédula. Mira los ojos castaños de Charles y sé da cuenta de que no puede enfadarse con él; no demasiado, por lo menos. Se siente feliz de volver a tenerlo a su lado, lo rodea con sus brazos, cierra los ojos, sonríe y dice:

– Sé que soy una tonta, pero me parece que voy a volver a creerte otra vez.

(…)

Piiippp, piiippp, piiiippp. Un mensaje suena en el móvil de la Sra. Leighton, lo abre y lo lee:

Mamá, lo siento. No era yo, pero no me esforcé lo suficiente como para superarlo. Sé bien todo lo que haces por mi. Sé que es real, te quiero”.

Que me digan lo que quieran”, piensa ella, risueña, “mi hijo no es tan diferente de la mayoría de los jóvenes.”

(…)

Están en un coche rojo, no hay nadie a su alrededor. Mona duerme, ronca un poco, tiene la cabeza apoyada sobre su hombro. Charles aprecia la vista que tiene bajo sus pies mientras acaricia el hombro de Mona.

Charles se despierta. Oye los pájaros cantar. Hace sol, pero una suave brisa sopla. Se da cuenta de que está sentado en el sillón del patio de su casa. Mona duerme plácidamente, estirada, con la cabeza posada sobre su regazo. Está un poco desorientado, y muy feliz. Sonríe. Al fin y al cabo, cuando se trata de la realidad, uno nunca sabe muy bien a qué atenerse.

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Tenemos Suerte (Pink Floyd)

Syd era brillante, un diamante en bruto. Desde joven fue diferente en aquel país tan gris, Syd cantaba, Syd componía, Syd pintaba. Syd era alegre, bromeaba cada día, escribía cartas constantemente. Syd reía, Syd sonreía. Syd era una estrella, brillaba como el sol.

Pero lo que pasó después, lo que vino después, ¿quién lo iba a imaginar, quién lo podía pensar?

(…)

Estamos en el estudio, pero necesitamos letras para continuar. Syd se ha ofrecido voluntario, dice que tiene una idea muy clara. Los demás han salido un rato, yo me he quedado dentro, sentado. Al cabo de poco, Syd se acerca con un trozo de papel con unos versos escritos a lápiz en letras mayúsculas. Lo leo, sonrío levemente; “es muy simple, muy sencillo”, le digo.

– ¿Qué más da? Así es cómo me siento.

(…)

El disco es un éxito, nuestro primer disco es un completo éxito. Es, incluso, un éxito inesperado. Ha cambiado mucho a Syd, no parece el mismo. Fuma todo el día, toma muchas drogas. “Un papelito debajo de la lengua, destino: el espacio infinito”, dice. Pero cada vez está más ausente, más distante. Creo que es por la droga. Creo que se está volviendo loco.

(…)

Hace más de dos días que no consigo contactar con él, habíamos quedado para ensayar pero no da señales de vida, cada vez me tiene más y más preocupado. Como no contesta a mis llamadas, decido ir a su casa, me recibe su madre, y tan encantadora y amable como siempre, me dice que Syd se fue a pasar unos días a un hotel en las afueras. Su madre insiste en que me quede a tomar el té, pero rechazo su propuesta educadamente. Cuando voy a salir, su madre me dice, preocupada, “Roger, siempre has sido su amigo; por favor, cuida de Syd”.

(…)

No me resulta fácil, pero al fin consigo entrar en la habitación en la que se encuentra Syd. Lo que veo es peor de lo que pensaba: Syd está sentado frente al televisor, completamente inmóvil, con la mirada perdida en el infinito y un cigarrillo totalmente consumido entre sus dedos. Intento hablar con él, intento que se mueva, le cojo de la mano, pero no obtengo la más mínima respuesta ni el más mínimo movimiento. Tras varios intentos, me giro y me dispongo a salir por la puerta; de camino, Syd, aún totalmente inmóvil y con la mirada pérdida, me dice: “es muy considerado por tu parte pensar que aún estoy aquí”. No sé qué hacer, no sé cómo reaccionar, estoy asustado. Me marcho del hotel. Mi amigo se destroza en mil pedazos, mi corazón se destroza en mil pedazos. Estoy muy triste.

(…)

¿Por qué me quedo parado? ¿Por qué no hago nada? Ha pasado algo malo, algo muy malo, y sin embargo yo actúo como si nada hubiera pasado. Intento sonreír de vez en cuando, intento seguir con mi rutina con normalidad, intento no pensar en ello. Llevo días y días así, intentando aparcar el tema, intentando pensar en otra cosa, intentando ignorar el sentimiento. Siempre dije que actuar así ante los problemas era algo muy inglés, que actuar así ante los problemas era un problema muy inglés. Pero yo estoy haciendo lo mismo. Y no exteriorizo nada, no hablo con nadie. Dios, ¿qué me está pasando? No puedo quedarme así, tengo que hacer algo.

(…)

Me ha costado mucho, pero al final lo he conseguido. Estamos los dos sentados en la sala de espera, Syd parece tranquilo. Yo estoy a su lado, leyendo, de vez en cuando aparto los ojos de la revista y lo miro, tiene la vista perdida en el techo y juguetea con un lápiz que tiene entre las manos; no parece que nada vaya mal. Al cabo de un rato la enfermera se acerca, “Sr. Barrett, su turno”, ayudo a Syd a levantarse y caminamos juntos hacia la puerta. Syd aún parece calmado, sin embargo, justo cuando estamos en frente de la puerta, apoya las manos contra la pared y me dice “no pienso ir a ningún loquero”. Repentinamente, Syd sale corriendo a toda velocidad. No puedo atraparlo.

(…)

Lo he intentado. Lo hemos intentado de todas las maneras. Queríamos que Syd continuara, no queríamos que se marchara del grupo; pero no ha habido manera humana de conseguirlo. No ha sido la oposición de nuestro mánager, no han sido temas económicos ni tampoco temas musicales. Es algo más: Syd ya no puede, es imposible para él.

(…)

De vez en cuando Syd viene a nuestros conciertos. Siempre que le vemos parece obnubilado, desconcertado, como fuera de lugar, como si no se diera cuenta de nada; sin embargo, siempre que viene se pone en primera fila, nos señala con el dedo y dice “esta es mi banda”.

(…)

Dejó de venir a los conciertos. Hace ya mucho tiempo que no lo veo. Dark Side ha sido un éxito tremendo, mayor del que podíamos imaginar; tanto, que incluso da vértigo. A la vez, creo que todos sentimos que, en cierta manera, ya hemos acabado y ya nos hemos roto un poco, nos hemos separado y distanciado. A veces me entran ganas de acabar con la banda, dejar el espectáculo y seguir por otro camino; creo que los demás también tienen la misma sensación en ocasiones. Pero ahora no, ahora no es el momento de dejarlo todo, debemos continuar, ahora estamos grabando en los estudios de Abbey Road, ahora estamos grabando un nuevo álbum; y éste se lo vamos a dedicar a Syd.

(…)

Estamos tocando en el estudio, cuando, súbitamente, aparece en frente de nosotros, al lado del tablón de mezclas, un extraño: un hombre gordo y totalmente calvo, con las cejas afeitadas. No logro reconocer quién es, así que sigo tocando, intentando concentrarme. Cuando terminamos la canción, mi corazón da un vuelco, ¡es Syd! ¡Aquél extraño es Syd! Sin embargo, la alegría me dura bien poco al comprobar su estado: tan gordo, tan calvo, no sólo se ha afeitado las cejas sino que no tiene un sólo pelo en todo el cuerpo, y parece más distraído y distante que nunca, cómo si no estuviera ahí. Estoy triste por mi amigo, y tengo miedo de lo que pueda pasarle, tengo miedo de que nunca vuelva a ser el mismo.

(…)

Intento decirle algo a ese extraño, intento hablar con mi viejo amigo, pero no parece enterarse de nada, ni siquiera me reconoce. Tampoco reconoce a David, a Nick ni a Rick. Está en otro mundo, no es capaz de darse cuenta de nada.

(…)

Tras varios intentos fallidos, decidimos volver a tocar. Me doy la vuelta, cojo mi bajo y toco. Quiero llorar, o creo que quiero llorar, pero no puedo. Dicen que sigues vivo, dicen que aún estás en este planeta, pero sé bien que no es verdad. Syd, ojalá estuvieras aquí. Sigo tocando mi bajo, sé que no me toca hacerlo, pero necesito hacerlo, alzo mi voz y canto lo que no me toca cantar: oh how I wish, how I wish you were here. Syd, ojalá estuvieras aquí.

(…)

Syd tuvo la misma eduación represiva que yo, Syd perdió a su familia como yo, Syd también tuvo problemas de delirios cuando era niño, Syd tenía casi mi edad y vivió en mi misma ciudad. Tantas coincidencias… entonces, ¿por qué él y no yo?

(…)

Hace poco me separé de mi esposa. Ahora estamos en los estudios Abbey Road, aún estamos haciendo Wish You Were Here, pero hemos hecho un descanso y estamos comiendo algo en la cantina. Es un día normal, como cualquier otro; sin embargo, de repente, algo muy extraño sucede en mi cerebro. Súbitamente todo cambia de perspectiva, todo retrocede, estoy al otro lado, a miles de millas de distancia, como viéndolo todo como a través de un telescopio; no estoy en la realidad. Todo el mundo, todo se ha ido. Todo ha retrocedido.

“Que me jodan, me estoy volviendo loco”, así es como debe ser, todo acaba de cambiar completamente. Estoy muy preocupado. Intento aspirar profundamente, no lo consigo. Intento hablar, no hay manera, los demás ven que algo va mal, parecen preocupados, se levantan, intentan hablarme; sus labios se mueven, pero no puedo oír lo que me dicen.

Pretendo fingir que nada raro está pasando, me levanto, subo las escaleras y camino hasta el estudio número 3, donde estamos grabando. Siento mis manos gigantes, como si fueran dos globos. Me pongo a tocar el piano y, mientras toco, durante cinco minutos increíblemente lentos, todo vuelve, la realidad vuelve lentamente. Mis manos vuelven a su tamaño natural.

Diría que ha sido un ataque de nervios. Ha sido muy corto, pero increíble, único, y a la vez terrorífico. ¿Es así cómo se siente Syd todo el tiempo? Dios, estoy caminando sobre una línea muy fina. Algo muy extraño acaba de pasar en mi cerebro. Tengo miedo, estoy aterrorizado.

(…)

Ya han pasado los años, soy viejo, más sabio y mucho más feliz.  Conocí a un hombre que murió hace unos pocos años, tenía más o menos mi edad, Phillip, un hombre admirable. Phillip y yo solíamos jugar al golf juntos y siempre, en algún momento de la partida, sentía una mano en mi brazo, y cuando me daba la vuelta ahí estaba Phillip, mirándome, y me decía: “tenemos suerte, ¿sabes?”.

Phillip murió de repente, de un ataque al corazón; pero nunca me olvido de eso, y cuando pienso en él o en Syd me digo a mi mismo: “tenemos suerte”. Es verdad, aún estoy triste por Phillip, aún estoy muy triste por lo que le pasó a Syd; pero tenemos que vivir la vida tan llena y completamente como podamos, a la luz del hecho de que se puede ir así como así en cualquier minuto. Puede pasar algo en tu cabeza o te puede atropellar un autobús; no importa, el momento es un tesoro. Suena estúpido decirlo, es tan obvio… y aún así, es tan fácil no vivir los momentos de nuestra vida, dejar pasar las emociones, dejarse llevar por la rutina y no ser consciente del hecho de que la vida es buena.

Vatn

Agua. Mirara por donde mirara sólo veía agua. Ya había sido avisado, aquél lago era inmenso. Pero aún así no lo imaginaba, no lo esperaba. No se esperaba algo tan vasto. No esperaba aquella noche cálida y cerrada. No se esperaba ver el cielo tan despejado, no se esperaba ver el agua tan oscura. Pero ahí estaba, en medio del lago, a bordo de una pequeña canoa, empujando dos pesados remos de madera. Ahí estaba, en medio de todo, en medio de la nada.

Chof, chof, chof, chof. El movimiento de sus brazos es rítimico, arqueado, una y otra vez levanta los remos y los vuelve a hundir en el agua; haciendo que, poco a poco, la canoa se mueva, deslizándose entre la inmensidad. De vez en cuando, el agua le salpica, helada, ayudándole a refrescarse en aquella cálida noche. La corriente no le ayuda ni le perjudica en su trayecto, pues es muy leve, apenas perceptible.

Rema y rema, una y otra vez. Está asustado, intenta no pensar en nada, no dejar lugar al medio, centrarse sólo en remar, en el movimiento de sus brazos. Uno, dos, tres… cuenta las paladas que da, hasta tres, y vuelve a empezar, repitiendo los números en su cabeza, intentando alejar su mente de cualquier otro pensamiento.

Uno, dos, tres; uno, dos, tres… sigue remando, remando contra la inmensidad, remando contra la incerteza, remando contra su miedo. A quien lo hubiera visto, remando con aquel vigoroso y constante movimiento, le habría parecido impasible, indefectible, decidido… pero no era así, pues su corazón palpita con fuerza, asustado.

El tiempo pasa y los remos siguen hundiéndose en el agua, pero su cansancio crece con cada palada y sus huesos están doloridos. Rema y rema sin alcanzar ningún lugar. “No puedo más”. Antes casi de darse cuenta deja de remar. Ya no está sentado sobre su embarcación, sino que se encuentra tumbado, observando el cielo. Hastiado, mira las estrellas más brillantes; la luz de las estrellas se lo recuerda: busca entre sus bolsillos, lo encuentra. Lo coge con fuerza, con su mano derecha, y lo aprieta contra su pecho. El pequeño frasco de cristal emite una poderosa luz azul que va incrementando poco a poco. “Quizás yo no puedo llegar a él, pero él puede llegar a mi” – piensa, antes de caerse dormido. Entre sus sueños, cree ver un pequeño destello lila.

¡GRWHHOOOOOAAAARRRR!

Le despierta el sonido fatal, el sonido terrorífico, el sonido que esperaba. Emerge, grande, temible, de entre las aguas, de entre las tinieblas. Su organismo se pone alerta en seguida, se pone de pie y desenfunda su espada tan rápido como puede. El mosntruo alza los tentáculos, mientras emite un chillido penetrante, intentando asustar a su adversario. Él cierra los ojos con fuerza; con su mano izquierda alza el frasco del que emana luz azul y, con la derecha, arma su espada y lanza un tajo horizontal. No abre los ojos, pero nota cortar algo blando y viscoso.

¡¡¡¡AAAAAHHHHH!!!

El téntaculo cae sobre su pierna y se engancha a ella. Su pierna quema, arde, se convulsiona. El dolor es intenso, punzante; pierde el equilibrio, cae de bruces sobre la barca. Su espada cae sobre la embarcación y el frasco cae sobre el agua, flota y pierde toda su luz. El monstruo emite un breve chillido y vuelve a hundirse en el lago.

Las lágrimas de dolor llaman a sus ojos. Intenta ponerse erguido, pero no puede, se trastabilla y cae de nuevo. Sentado, apretando los dientes con fuerza a causa del dolor, curva su espalda e intenta acercar sus manos a su pierna dolorida. La pierna se vuelve a convulsionar y le hace dar vueltas de dolor sobre las maderas de la embarcación.

Poco después, el monstruo vuelve a emerger, emitiendo un largo chillido; emerge con mucha fuerza y, rápidamente, vuelve a caer. Crea una ola inmensa que hace tambalearse a la embarcación, él se agarra con fuerza a la madera de cada una de los costados, pero la inercia termina por hacer volcar la barca. Sumergido en el agua, nada penosamente hacia la superfície. La alcanza, pero le cuesta mantenerse a flote, pues su pierna no responde. Gira sobre si mismo, confundido, buscando la barca. La encuentra y nada hacia ella, intentando ser sigiloso para no alertar a la bestia acuática. Alcanza la barca volcada, ya sin remos, y se apoya sobre ella, intentando coger aire.

“Se dará cuenta tarde o temprano. Así moriré, así moriré”. Cierra los ojos, aprieta los dientes, flexiona los brazos, saca fuerzas de donde no las hay. Empuja ahogando un grito y la barca vuelve a su posición original. Sube penosamente, arrastrando su pesada y dolorida pierna. Se tumba sobre la madera, intentando no hacer ningún ruido.

Ha tragado mucha agua, le cuesta respirar. Tose. Ve la espada atorada entre los finos tablones de madera. Tapa su boca, contiene la respiración y coge la empuñadora de la espada con fuerza. La consigue sacar haciendo poco ruido.

Está tumbado, con la espada a su lado, hastiado, mareado, confundido. Tose cada vez más y más, escupe agua. Le duele cada pedazo de su piel, cada hueso de su esquelero, cada músculo de su cuerpo, cada párpado. Pero especialmente su pierna, que sigue ardiendo. Su vista se empieza a nublar. “No, no puedo seguir así. Así moriré, así moriré”. Coge la espada, la clava verticalmente y se apoya en ella, poniéndose de pie. Fija la vista en el horizonte y cree ver un destello lila.

Entonces lo vuelve a recordar, vuelve a recordar lo que jamás debería haber olvidado. De donde creyó ver el destello lila, sale un sonido, un bello canto agudo. Oye el canto melódico, y, con él, la luz se vuelve cada vez más radiante, más intensa. Desliza la mano en el agua y coge el frasco olvidado. Acerca la luz a su pierna, y el tentáculo cae. Su pierna deja de arder por unos momentos. Cada vez más bocas parecen entonar el canto.

El monstruo no soporta el canto, aunque en realidad es bello y armónico. Emerge con fuerza y rabia de entre las aguas, dando un temible alarido que se mezcla con el canto. La luz es cada vez más poderosa, más intensa, y hace al monstruo retroceder. Él lo tiene claro, no vacila un instante, y acerca su mano izquierda hacia la bestia marina. La luz le desagrada y le hace abrir su inmensa boca, redonda, profunda, toda ella rodeada de dientes largos y afilados. Él tiene la respiración entrecortada, está mareado y dolorido, pero sabe que ese es el momento: el monstruo está cerca y su boca está abierta. Lanza el frasco al aire y su luz ciega el ambiente. Coge su espada con ambas manos, la alza en posición horizontal y la empuña con fuerza. Por un instante no hay miedo en su corazón, sólo determinación.

(…)

El golpe ha sido mortal, pero, con él, la bestia ha cerrado la boca, cogiendo también su brazo. El monstruo se hunde en el agua, inherte, y lo arrastra consigo. Se hunde lentamente en las profundidades del lago. “No, no ahora, no después de haber llegado tan lejos”. Se revuelve y tira de su propio brazo con todas su fuerzas, nota los dientes mortecinos del monstruo clavarse en su piel, arrastrar su carne, pero no ciega en su empeño: consigue deshacerse.

Su brazo sangra enormemente, bañando de rojo el agua, no le quedan fuerzas, pero quiere seguir viviendo. Nada y nada hacia la superfície, hacia donde aún destella la luz, pero sólo una pierna y un brazo le responden. Pierde la conciencia.

(…)

Se despierta desorientado y, al poco, se da cuenta de que está reposando sobre una gran cama de sábanas blancas. Ve los ojos lilas de Syrin, grandes, un tanto rasgados, tan hermosos, tan característicos de su raza. Nota la fiebre, nota el sudor frío, nota su cuerpo ardiendo. Syrin, calmada y grácil, pone un pañuelo mojado sobre su frente y, dócilmente, posa su mano abierta, suave, sobre su mejilla, mientras dibuja lo que en su raza es más parecido a una sonrisa.

– Gracias.

Retazos

No estás. Ya no estás. Así es, no estás. Así de sencillo, así de difícil. No puedo racionalizarlo, no puedo admitirlo, no puedo asumirlo.

(…)

Me levanto de la cama. Sí, puedo. De veras, si me esfuerzo puedo hacerlo… pero también puedo gritar, puedo sonreír, puedo llorar, puedo maldecir, puedo revivir, puedo desesperar, puedo reír… Pero en el fondo da igual, nada va a cambiar, haga lo que haga no volverás. Qué importa, qué más da. Me dejo caer en la cama, cual peso inerte.

(…)

Sigo tumbado en la cama, medio muerto de cansancio, sigo pensando. Es por eso que esta tarde he estado corriendo bajo una tenue lluvia, con aquellas zapatillas que me regalaste: para no pensar. Pero ahora vuelvo a estar tumbado en la cama, pensando. Y recordando, recordándolo todo, cada momento, cada instante. Deslizo la mano, cojo el mando, pongo música. Cierro los ojos con fuerza, intentando no pensar. No lo consigo, todo viene, todo vuelve. Me levanto, me ducho, me quito la pereza, el sudor, la suciedad, la agonía.

(…)

Vuelvo a la cama, ahora me siento algo liberado, algo tranquilo. La música aún está encendida. Bajo el volumen. Me duermo entre suaves notas de jazz.

(…)

Abro los ojos cinco minutos antes de que suene el despertador. Dicen que la tristeza es la pérdida de una cosa. Y hoy la siento. Hoy la siento de verdad. Como una espina clavada en un costado que alcanza mi corazón, que lo pincha, que lo contrae, quitándole su vida.

(…)

Me he despertado pronto, me fui a dormir pronto, ya me he vestido, ya he desayunado, estoy caminando hacia la estación. Por ahora, todo lo que he logrado sentir es que algo me falta. Tu nombre resuena en mi cabeza. Es invierno, el cielo está despejado, bien pronto por la mañana, casi de madrugada. Alzo la vista y pongo tu nombre a la estrella más brillante.

(…)

Pocas personas me acompañan en el vagón, y están sentadas allá a lo lejos. Apoyo mi cabeza en el cristal de la venta y, medio dormido, miro el paisaje, miro cómo los árboles pasan uno a uno. Recuerdo tu nombre, lo susurro en el tren: sólo un suspiro casi imperceptible. Se esfuma, se va. Pongo tu nombre a las vías que guían mi camino.

(…)

Estoy ordenando algunos papeles. De repente, oigo un sonido bello y extraño, un canto quizás, un cacareo tal vez. A través de la ventana veo un curioso pájaro de color anaranjado. Esbozo una leve sonrisa y, durante unos instantes contemplo, maravillado, su vuelo grácil. Pongo tu nombre a sus alas.

(…)

Ha sido un día extraño. Un par de compañeros me han preguntado si me pasaba algo. Estoy tan compungido que no logro recordar qué les he dicho. Estoy tan compungido que no logro recordar qué excusa me he inventado. Estoy tan compungido que no recuerdo ni mis mentiras.

(…)

Ya estoy llegando a casa. En una acera cercana a mi hogar hay un pequeño socavón que, cuando llueve, se llena de agua. Lo miro con rostro melancólico. El suelo también está mojado. Estoy triste. No puedo. Sí, puedo. Flexiono las piernas, salto, me elevo, desciendo, caigo. Pongo tu nombre a la gravedad.

Escisión

Es una chica joven, tiene el pelo enmarañado y despeinado y un rostro precioso en el que no hay ni un atisbo de sonrisa, con unas facciones suaves: ojos redondos color miel, orejas pegaditas a la cara, una nariz pequeña y una boquita de piñón. Está en el salón, pero aún así les oye discutir, oye a su padre dando un grito y a su madre hablando muy rápido. No le importa que discutan, no le importa ni lo más mínimo, les ha oído ya muchas veces, pero la primera vez tampoco le importó lo más mínimo, ni ninguna de las siguientes. Siente que aquello no va con ella, que es un mundo aparte y que no le importa que discutan, pero el ruido que hacen sí que le molesta. Era una ocasión como cualquier otra para salir de casa e ir al cine, a aquel cine que se encuentra a la vuelta de la esquina al que tantas veces ha ido. Así que va a la entrada, coge el primer abrigo del perchero y sale por la puerta.

Es una chica a la que no le importa mucho su vestimenta, por lo que muchas veces lleva ropa vieja y descolorida; esta vez, sin darse cuenta, se ha puesto la gabardina de su padre. Nota que algún hombre la mira extrañamente, y sabe que podría volver a su casa a por su abrigo; pero le da igual como la mira, le resulta intrascendente, así que sigue su camino a través de la gris ciudad y el cielo nublado. De repente, sin previo aviso, se ilumina su mirada y en su rostro se dibuja una sonrisa, ha visto algo maravilloso: un perro posado sobre sus cuatro patas delante de un portal, es un husky siberiano precioso, muy grande, con su precioso pelaje blanco y gris y sus ojos tremendamente azules; pero una vez ha dejado de mirar al perro y sigue el transcurso de su camino su sonrisa y la luz de sus ojos se vuelven a borrar mágicamente, tan rápido como han llegado.

Al llegar al cine ve que hay tres películas en el cártel: una película de guerra, una historia de amor y una de piratas; rápidamente opta por la de piratas, siempre le gustaron los barcos, aquellos artilugios inmensos y maravillosos que flotan y se mueven sobre el mar. Va a la taquilla a pedir la entrada, pasa la cola y, cuando llega, ve una inmensa sonrisa en el rostro del taquillero. No siente nada ante la sonrisa amable de aquel hombre, ¿por qué habría de sonreír? Sencillamente, no lo entiende. Pide su entrada, la coge y entra dentro del edificio. Espera largo rato sentada en la esquina de un banco, mirando fijamente sus zapatos, casi sin ninguna expresión en su rostro. A veces levanta un poco la vista y ve a la gente pasar, ve que ríen y que sonríen, pero no entiende porque.

Más tarde entra en la sala, que también es una sala de teatro, y rápidamente sube al gallinero, es un lugar que le gusta mucho, y ahí no suele haber nadie. Es de las primeras en entrar, espera a que entre más gente, nadie más se coloca en el gallinero, y poco después empieza la película. Le gusta y le entretiene, aquellos inmensos barcos cruzando el mar, las espadas, los loros y las patas de palo. Pero a medida que va pasando la película también se desconcierta, se desconcierta porque ve a la gente, que a veces ríe, algunos a grandes carcajadas, que se emocionan, se ponen tristes, a veces lloran, algunos con grandes sollozos, pero no entiende porque, se siente separada y ajena de aquellas risas y aquellos llantos. Nada tienen que ver con ella.

Cuando acaba la película, sale a la calle, de vuelta a casa, está lloviendo y la chica sigue con el mismo rostro indiferente, inexpresivo, y se esfuerza por recordar y grabar en su memoria aquellos barcos, aquellos loros y aquellas patas de palo que tanto le habían gustado. Y de repente mientras recuerda la eslora de un barco pirata ve la cosa más triste que ha visto nunca, aquel husky siberiano, aquel perro tan bonito, está mojándose; la chica no puede evitarlo y de repente su rostro se inunda de lágrimas, se siente inmensamente triste y corre hacia el perro. Lo abraza, lo coge entre sus brazos mientras le acaricia su precioso pelaje para que entre en calor; el perro ronronea, le encanta que le acaricien, mueve la cabeza y, dócilmente, lame la oreja de Jane.

Nada Puede Pasarme

Érase un hombre cuyo corazón se encontraba tan absolutamente vacío de esperanza que por muerto se creía. El corazón del hombre, antaño henchido y herido de pesar, optó una cruel mañana por dejar atrás su vital latido. El hombre, cuyo pelo rubio y fuerte la tristeza tornó en gris alicaído, decidió aceptar sin más su nueva situación, “si ahora muerto estoy, atrás al fin he dejado mi interminable tristeza; si ahora muerto estoy, ya nada puede pasarme”.

Pocas tardes después de darse por muerto, el hombre decidió acercarse al circo ambulante, aunque por aquel entonces parara lejos de su pequeña ciudad. Al llegar, el hombre no logró apenas sentir nada ante los ruidos y el color del espectáculo ambulante, lo que no hacía si no confirmar su mortal hipótesis. Como muerto el hombre se creía, y, por tanto, la eternidad le restaba, antes que se diera cuenta ya había caído la noche cerrada y todos los alegres espectadores ya navegaban entre sueños. “Bien, ya nada puede pasarme, pues muerto estoy; creo que iré a dormir con mis amigas, así podré conocerlas más de cerca”, pensó el hombre con ironía, mientras se acercaba a la jaula de las fieras.

Sin embargo, la mala suerte no dejaba en paz al hombre ni en muerte, por lo que un malabarista que por ahí pasaba advirtió su presencia antes de que llegara la jaula de las fieras.

Oiga, ¿qué hace used ahí? El circo ya ha cerrado. ¿No se da cuenta a caso que ya se ha ido todo el mundo?”

Disculpe, pero se ha hecho tarde, la noche es ya muy oscura y lejos para mi hogar, así que he resuelto quedarme aquí a pasar la noche”.

El malabarista, que había viajado por todo el ancho mundo, no daba crédito a lo que oía, mas aún mayor fue su incredulidad cuando vió como el hombre cogía un trozo de metal fino y alargado y lograba entrar tranquilamente en la jaula de las fieras.

¡¿Qué hace metiéndose ahí, loco!? ¡Salga ahora mismo si de verdad aprecia su vida!”

Cuánto aprecie mi vida bien poco importa ahora, pues hace ya un tiempo que me ha dejado.”

¡Pero si desde aquí le oigo respirar!”

Parece que respiro, no se engañe, en realidad llevo muerto ya mucho tiempo. Estése usted tranquilo, yo aquí estaré tan bien como el rey de la manada.”

El malabarista se fue, no sin antes fruncir el ceño; pues aunque no del todo le habían convencido las palabras del hombre, su determinación era tan grande que no se veía capaz de truncarla. Mientras el malabarista se alejaba de la jaula, el hombre alcanzó a dirigirle unas últimas palabras:

No se preocupe, ya muerto estoy, así que nada puede pasarme.”

Esa misma noche las fieras, hambiertas por el estricto régimen al que las sometía el domador, tuvieron un festín capaz de saciar su apetito.